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viernes, 7 de octubre de 2011

La pequeña glaciación

Con frecuencia se critica el intento de justificar un gran número de hechos históricos por causas climatológicas. Sin caer en el determinismo climático, somos muy conscientes de hasta qué punto el clima (y las buenas o malas cosechas, las epidemias o cualquier otro factor dependiente del mismo) influye en el presente.
En un pasado no muy lejano, Europa pasó por una serie de notables cambios climáticos. A partir, aproximadamente, del siglo X, empezaron a suavizarse las temperaturas en el área del Atlántico Norte, lo que permitió que se cultivaran viñas en Inglaterra o que los vikingos expandieran su dominio y alcanzaran y colonizaran Groenlandia y partes de Terranova.

Ruinas de la iglesia de Hvalsey, en la Groenlandia noruega. Los asentamientos vikingos establecidos a lo largo del periodo cálido medieval desaparecieron a principios del siglo XV en parte debido a las consecuencias de la pequeña edad de hielo.

Este óptimo climático medieval permitió que la frontera agrícola ascendiera, que se cultivaran zonas más al norte y más altas en las montañas. Tanto el clima templado como la expansión de cultivos y pastizales probablemente ocasionó que algunas especies disfrutaran también de una cierta expansión. El nombre de Waldrapp (Cuervo de bosque) parece vincular al ibis eremita con ecosistemas que ahora nos parecen chocantes, pero tal vez en este período cálido medieval no fuera infrecuente en las áreas clareadas de los bosques alpinos.

 El clima en Europa comenzó entonces a enfriarse, a partir del s. XIII y desde la segunda mitad del siglo XVII hasta mediados del XIX el frío fue realmente intenso lo que se ha dado en llamar pequeña edad de hielo. Probablemente ese enfriamiento trajo consigo todo un cambio en los sistemas de producción, probablemente el abandono de cultivos en cotas elevadas, la pérdida de pastizales a favor de zonas boscosas. Además, la meteorología se haría más severa y la travesía de los Alpes para migrar hacia el sur, debió de suponer un mayor desafío. Por lo general, se le atribuye a este periodo frío un cierto papel, al menos parcial, en la extinción del ibis eremita en Europa central.

La Mer de Glace desde Montenvers, región del Mont Blanc. A la izquierda, pintura realizada poco después del máximo de la pequeña edad del hielo y a la derecha, una foto de 2000. Se comprueban los diferentes niveles del hielo comparando dos mismos puntos. La pintura es de la Colección Gugelmann, Biblioteca Nacional Suiza, Berna; la foto de M. J. Hambrey, 2000.
No cabe duda, sin embargo, que otros fenómenos de este largo periodo, como las incesantes guerras o la pandemia de peste negra del siglo XIV, con rebrotes durante los siguientes cuatro siglos, debieron influir en el despoblamiento de amplias zonas. Precisamente, no deja de resultar pintoresco el atavío de los médicos que se ocupaban de los apestados, con su máscara ornitomorfa... ¿representaría algún tipo de córvido? El pico es demasiado largo y curvado...
La documentación divulgativa y científica sobre estos dos periodos es abundante, y trata de la extensión de los glaciares, los sedimentos, las inundaciones, sequías o grandes nevadas, las hambrunas o el precio de los cereales, todos ellos indicadores de la climatología.
Waldrapp de Gesner

Sin embargo, existe menos información sobre los cambios en la fauna silvestre, aunque parece que también, además de la desaparición del ibis eremita, se produjo la regresión de alguna perdiz del género Alectoris, llamada Steinhuhn en alemán (probablemente Alectoris graeca, Alpensteinhuhn), que aparentemente debía ser común en el valle del Rhin en el s. XVI. En la actualidad, las perdices de este género tienen una distribución bastante más meridional.

La influencia de la pequeña edad del hielo en el sur de España parece que generó un aumento de los fríos y de las lluvias y a cambios en la vegetación esteparia que, según algunos autores, contribuiría a la desaparición del ibis en la Península Ibérica.

lunes, 15 de agosto de 2011

Los nombres del ibis eremita (primera parte)

Los nombres populares que recibe esta especie en los distintos lugares donde habita o ha habitado recientemente, hacen todos referencia a su físico o a su forma de desplazarse.


En árabe, el nombre más frecuente es أبو منجل, abu-minyal. El  prefijo abu, que significa "padre de", corresponde a lo que en la onomástica árabe se llama kunya, en ocasiones se usa como tratamiento de respeto (como el último rey de Granada Abū ʿAbd Allāh Muḥammad ibn ʿAlī, que dio origen, en español, a Boabdil) pero también sirve para crear adjetivos o apodos, como por ejemplo  bu karsh ("el [padre] de la barriga" > barrigón); le sigue el la palabra hoz, por la forma del pico. EsteEste es el nombre que recibe en Marruecos, pero en Siria, en cambio, se le denomina طيور النوق, tuyur alnuq, ave camello, por su forma de caminar.


En el cabo de Bojador (رأس بوجدور ) hasta donde llegan los ibis juveniles en dispersión, un pescador saharaui nos facilitó otro nombre local, en español y muy gráfico: Gallina calva.


En Argelia, donde sobrevivió hasta recientemente, el nombre que da la Wikipedia en árabe es  بعيشا القرعة, Baisha la calva, aunque Amina Fellous da la versión mucho más razonable de Aisha la calva.


En Turquía el nombre que recibe es kelaynak; kel significa calva y ayna espejo. Pero si alguien que sepa turco lo pudiera confirmar ...


Dejando al lado la calva, su plumaje negro es responsable de varios nombres que lo relacionan con los cuervos. El nombre alemán, Waldrapp, significa cuervo de bosque, que coincide con el nombre Corvus sylvaticus dado por el naturalista suizo Conrad von Gesner. En estos tiempos prelinneanos, los libros científicos intentaban nombrar a las especies con una frase descriptiva lo más corta posible. Es probable, por tanto, que Gesner no tradujera ningún nombre vernáculo al latín sino que se limitara a describirlo de la forma más sencilla.
El nombre Eleazar Albin, en su Historia Natural de las Aves (1740), además de Waldrapp también menciona Steinrapp (cuervo de roca) como nombre vernáculo en Suiza.
Por otra parte, en tratados de caza medievales, como el Libro de la caza de las aves, de Pero López de Ayala (s. XIV) o el Libro de acetrería y montería de Juan Vallés (s.XVI), que lo copia del anterior, aparece como posible presa de los halcones el cuervo calvo, al que se le caza a braço tornado, es decir, haciendo volar al halcón una vez que la presa se ha levantado. Este cuervo calvo se supone que sería un nombre antiguo del ibis eremita; además, es equivalente al griego φαλακρό κοράκ Phalacrocorax que fue usado, por ejemplo, por Aldrovandi para a nuestro ibis  antes de que el naturalista y filósofo Mathurin Jacques Brisson lo utilizara para denominar a los cormoranes. 


viernes, 22 de julio de 2011

Los últimos ibis de Europa central


Probablemente la última referencia a ibis vivo que se tiene en Europa es la que procede de Eleazar Albin, naturalista y acuarelista inglés del siglo XVIII que escribió entre 1731 y 1738 su Natural History of Birds. En el suplemento de esta enciclopedia trata del "cuervo de bosque de Suiza", Woodcrow from Switzerland, y lo ilustra con una acuarela.
Realiza una descripción muy precisa de sus hábitos, señala que anida sobre todo en ruinas de torres, sus hábitos de alimentación, la época de reproducción ...
Todo parece indicar que se trata de una especie todavía existente en esas fechas.
También indica que los pollos son un apreciado manjar, de carne dulce y tiernos huesos, y que los que los recolectan dejan uno para que los padres vuelvan y no aborrezcan el nido. Parece ser que también eran bastante fáciles de domesticar (de ahí la frecuencia de representaciones de inmaduros).
Menciona como nombres vernáculos Waldrapp y Steindrapp, esto es, cuervo de bosque y de roca.
El ejemplar que dibuja es un animal disecado, procedente de la colección de Sir Thomas Lowter, un terrateniente de Yorkshire. La fidelidad de la acuarela hace pensar que se tratara de un ejemplar bastante bien conservado, por lo que cabe suponer que no sería muy antiguo lo que, unido a que Albin utiliza el presente para hablar de él, hace pensar que, tal vez, la especie existiera todavía en esas fechas.


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